Como tantas cosas en la Argentina, la historia del Viejo Expreso Patagónico,
más conocido como La Trochita, es la parábola de un éxito a medias.
Surgió como sucedáneo de un proyecto mucho más ambicioso de ferrocarriles
de trocha ancha concebido por el ministro Ezequiel Ramos Mejía, en 1908, para integrar toda la Patagonia a partir de la distribución
de tierras fiscales aptas para la actividad agropecuaria, la minería, la industria o la forestación, que habrían de ser conectadas
por la nueva red.
Pero la primera guerra mundial y luego el comienzo de la crisis económica
y política que, en la Argentina, desembocó en el golpe de Estado de 1930 lo fueron modificando hasta convertirlo en una realidad
más modesta, que demoró décadas en concretarse y no carece de costados verdaderamente épicos.
Lo cierto es que hoy, a la distancia de los años, la realidad aún vigente
del laborioso Viejo Expreso Patagónico asombra al mundo por diversas razones:
La extensión de su recorrido 402 km desde Ingeniero Jacobacci, en Río Negro,
hasta Esquel, en Chubut, del todo infrecuente para la trocha económica de 0,75 cm en que fue construido todo el ramal.
Sus míticas locomotoras de vapor, en su mayoría de la marca alemana Henschel,
fabricadas en 1922 y aún en uso, algunas de ellas son consideradas piezas únicas por los fabricantes.
La singularidad del paisaje que atraviesa la línea, en un recorrido con más
de 600 curvas, en el que se suceden montañas acromegálicas, lagos de ensueño y bosques de árboles milenarios, además de estaciones
y apeaderos, en los cuales el tren debe detenerse para reabastecerse de agua, que las locomotoras consumen a razón de 100
litros por kilómetro.
La publicación del libro de Paul Théroux El viejo expreso de la Patagonia
(1979), donde el escritor describe su periplo a bordo de trenes entre Boston y el sur argentino, culminando precisamente en
la mítica Trochita.
El valor histórico que, para miles de aficionados a los trenes en todo el
mundo, tiene esta línea, que hoy mantiene algunos tramos de su recorrido original, con un servicio que no ha variado desde
su creación y que permite una experiencia digna de pioneros.
A pesar de lo que tardó en construirse el trayecto Ingeniero Jacobacci-Esquel
se inauguró en 1945, y de que nunca se completaron las redes ferroviarias en que este recorrido cobraba su sentido cabal,
La Trochita tuvo un papel importante en el desarrollo de la región. Tanto en el transporte de cargas como en el de pasajeros
(este último comenzó en 1950), la línea fue crucial para conectar la región con el norte del país.
Todos los insumos llegaban por esa vía y a través de ella partían la lana,
los cueros y el ganado en pie producidos en el valle 16 de Octubre zona de asentamiento de colonos galeses, así como también
los productos de las estancias de la Argentine Southern Land Company. En los años setenta, la línea transportó materiales
para la construcción de la represa de Futaleufú.
Fruto del trabajo de numerosos inmigrantes de todo el mundo que hicieron su
labor en condiciones inexplicablemente penosas, La Trochita se hizo célebre en el mundo entero y eso explica que la línea
haya sobrevivido, aunque parcialmente, a la decisión del gobierno nacional de cerrarla en 1993. A pesar de su poca relevancia
económica y la baja densidad demográfica de la región que cubre, su valor histórico y turístico es tan indudable que su eventual
clausura levantó protestas incluso en el exterior.
Entre los numerosos y entusiastas defensores de esta línea, se cuentan Sergio
Sepiurka y Jorge Miglioli, autores del libro bilingüe de reciente aparición La Trochita. Un viaje en el tiempo y en la distancia
en el Viejo Expreso Patagónico, que ha servido de punto de partida para esta nota. Sepiurka es un ingeniero industrial que
desde 1986 vive en Esquel, enamorado del sur argentino. Publicó el libro Sueños de cordillera (1997) y fue responsable del
rescate de Un yanqui en la Patagonia, las notables memorias del ingeniero hidráulico Bailey Willis, verdadera Biblia para
conocer la historia de esta región. La minuciosa tarea de Sepiurka se complementa con las fotos de Miglioli para transmitir
un fervor nunca exento de razones, que va más allá de la historia de la línea para detenerse en la historia de su gente, de
sus anhelos y postergaciones. Una dosis de memoria, para un país más bien amnésico.
Texto: Guillermo Saavedra
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